Convivo

La Nueva Ley de Convivencia y Uso de Detectores de Metales

Reducir la nueva Ley de Convivencia Educativa al uso de detectores de metales es leer apenas la punta del iceberg, al tiempo que una reducción grosera de una norma que apunta a variables mucho más estructurales. Es una salida políticamente vistosa para tiempos de miedo, pero débil como respuesta de fondo, sobre todo porque muchos consideran un logro la facultad de instalar detectores de metales, pese a que existe contundente evidencia de su inefectividad para la reducción de la violencia. 

El asesinato de una inspectora en un colegio de Calama ha vuelto a estremecer al país. Y, como suele ocurrir cuando la violencia escolar alcanza un punto de horror difícil de procesar, el debate público se llena rápidamente de respuestas inmediatas, visibles y políticamente rentables. Una de ellas, por supuesto, es la instalación de detectores de metales en los establecimientos educacionales.

La reacción es comprensible. Hay dolor, miedo, rabia y una legítima sensación de desprotección. En ese contexto, cualquier medida que prometa control rápido parece razonable. Pero una cosa es comprender esa reacción, y otra muy distinta es legislar, interpretar una ley o definir política pública desde la pura conmoción.

Por eso lo primero que debe decirse con claridad es que la nueva Ley 21.809 no es una ley sobre pórticos detectores de metales. Reducirla a eso, como se ha hecho en parte de la discusión mediática, no solo es impreciso: empobrece una norma bastante más ambiciosa e integral.

Desde una lectura jurídica rigurosa, no puede sostenerse que la ley autorice libremente la instalación de estos dispositivos. Lo que hace es abrir un espacio de coordinación con organismos de seguridad pública y permitir medidas de prevención y mitigación de riesgos dentro de un marco restrictivo, sujeto a criterios de necesidad, proporcionalidad y adecuación al contexto. No se trata, entonces, de una facultad discrecional de los establecimientos ni de una política general aplicable sin distinción. La propia ley trata este recurso como algo excepcional, delicado y acotado, no como la solución estrella del sistema.

Pero el problema no es solo jurídico. Es también cultural. En una sociedad golpeada por la violencia, las medidas visibles suelen imponerse sobre las medidas eficaces. Un pórtico se fotografía, un detector se muestra en televisión, una revisión de mochilas produce la sensación de que “se está haciendo algo”. Pero esa visibilidad no debe confundirse con efectividad.

Y aquí aparece el segundo punto, incómodo pero indispensable: la evidencia no respalda la idea de que los detectores de metales reduzcan la violencia escolar. A lo más, algunos estudios sugieren que pueden aumentar la percepción de seguridad, dificultar el ingreso de ciertos objetos. trasladándola a las afueras del establecimiento, mientras al interior con las condiciones que la incuban intactas, un lápiz o una escoba pueden terminar con la vida de un niño o dejar en estado grave a una profesora, como lamentablemente sucedió en Recoleta hace unos años o el año pasado en la comuna de Trehuaco, respectivamente.

Ese punto importa mucho. Porque cuando la conversación pública se concentra en el objeto —el arma, el cuchillo, el pórtico— deja fuera del foco todo lo que hace posible que una comunidad escolar llegue a ese nivel de deterioro. La violencia grave no nace en el acceso del colegio. Empieza mucho antes, en capas más profundas y menos visibles: en la discriminación, en la exclusión normalizada, en la humillación cotidiana, en la desatención de problemas de salud mental y en la incapacidad institucional para leer señales tempranas de sufrimiento y escalada del conflicto.

Ese es justamente el riesgo de discutir desde la punta del iceberg. Se debate sobre control de acceso, pero no sobre las formas de violencia no física o silenciosas que muchas veces se incuban durante meses o años y que, por no percibirse como “disrupción”, terminan volviéndose invisibles.

Y aquí la nueva ley sí ofrece elementos que merecen ser tomados en serio. Su aporte principal no está en habilitar dispositivos de control, sino en fortalecer una mirada mucho más integral de la convivencia educativa. A partir de esta norma, el Estado asume un rol más activo en la promoción del buen trato, la convivencia y la erradicación de la violencia. Obliga a contar con equipos de convivencia liderados por profesionales especializados, exige planes de gestión con objetivos y acciones concretas, releva e institucionaliza la educación socioemocional, la salud mental y la prevención de conductas suicidas, establece mecanismos de monitoreo, fortalece canales de denuncia y promueve una articulación más decidida entre educación, salud, niñez y seguridad.

Sin duda, esta es una ley incómoda para quienes buscan respuestas punitivas rápidas, pero tampoco se queda en un idealismo ingenuo. Intenta equilibrar la necesidad de resguardar la seguridad con la obligación de proteger derechos. Su debilidad, probablemente, estará en la implementación: la sobrecarga administrativa, la desigualdad de recursos entre establecimientos y la dependencia de reglamentos futuros pueden afectar su efectividad real.

Con todo, sería un error político y pedagógico enorme que esta ley quedara reducida al debate sobre pórticos. No solo porque jurídicamente eso es falso, sino porque además desplaza la discusión hacia el terreno más superficial de todos: el de las respuestas que tranquilizan a corto plazo, pero no transforman nada de fondo.

Nadie sensato puede mirar el caso de Calama sin sentir conmoción. Pero precisamente por respeto a ese dolor, no corresponde convertirlo en combustible para una discusión simplista. Una comunidad devastada merece algo mejor que una política del gesto.

Chile necesita discutir menos sobre armas metálicas y más sobre convivencia. Menos sobre pórticos y más sobre salud mental. Menos sobre control espectacular y más sobre capacidad institucional de prevención.

 

Porque una escuela segura no es solo la que detecta objetos peligrosos al entrar. Es, sobre todo, la que sabe reconocer a tiempo el dolor, la exclusión y la violencia antes de que sea demasiado tarde.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Desplazamiento al inicio